
Universidades frente al invierno demográfico
Durante años hemos hablado del futuro de la educación superior como si dependiera
únicamente de planes estratégicos, decisiones institucionales o posiciones en rankings
internacionales.

Durante años hemos hablado del futuro de la educación superior como si dependiera
únicamente de planes estratégicos, decisiones institucionales o posiciones en rankings
internacionales.

Una universidad, como parte de la vida, puede cambiar su perspectiva para mejor. Si la pensamos como un organismo humano, la pregunta no sería solo cuáles son sus órganos ni qué exámenes se le aplican, sino cómo funciona realmente en su vida cotidiana.

En las campañas, a menudo basta con una lista de promesas: más proyectos, infraestructura, nuevos indicadores y palabras como “modernización”. Sin embargo, opté por un enfoque diferente.

Hablar de finanzas en una campaña rectoral suele resultar incómodo. Algunos lo asocian con el “gerencialismo” y otros lo ven únicamente como recortes. Sin embargo, en una universidad de servicio público como la UdeC, la sustentabilidad financiera no es solo un asunto contable: es un deber ético.

Cuando hablo de excelencia universitaria, sé que muchas veces pensamos en lo visible: publicaciones, acreditaciones, infraestructura. Pero yo quiero partir por algo más cotidiano y decisivo: la salud mental del profesorado. La veo como una condición real de calidad, porque atraviesa lo que ocurre en la sala de clases, en el laboratorio, en la tutoría, en los equipos de trabajo y en la forma en que tomamos decisiones. No es un “tema personal” ni un anexo de bienestar: es un asunto de diseño institucional.

Hoy cambio el foco de los artículos en los que veníamos trabajando porque, cuando la ciudad arde, lo urgente deja de ser agenda y se vuelve cuidado.

En campañas universitarias, suele repetirse una escena conocida: documentos extensos, cuadros de indicadores, promesas de eficiencia y catálogos de proyectos. Todo eso importa, pero falta una pregunta previa importante y a menudo omisa: ¿qué universidad queremos y para qué?