Crédito: Equipo Campaña Dr. Carlos von Plessing Rossel
Cuando hablo de excelencia universitaria, sé que muchas veces pensamos en lo visible: publicaciones, acreditaciones, infraestructura. Pero yo quiero partir por algo más cotidiano y decisivo: la salud mental del profesorado. La veo como una condición real de calidad, porque atraviesa lo que ocurre en la sala de clases, en el laboratorio, en la tutoría, en los equipos de trabajo y en la forma en que tomamos decisiones. No es un “tema personal” ni un anexo de bienestar: es un asunto de diseño institucional.

Me preocupa que, a veces sin darnos cuenta, normalicemos la sobrecarga y la urgencia permanente. Se vuelve habitual trabajar con la sensación de que siempre falta tiempo, de que todo es para ayer y de que el reconocimiento depende de cumplir con más y más exigencias. Yo no leo esto como fragilidad individual: lo leo como un sistema que empuja a rendir más allá de lo razonable, y luego se sorprende cuando se resiente la calidad del trabajo, aparecen conflictos o se apaga la motivación.

En la vida universitaria distingo tres quiebres que muchos hemos sentido. Primero, el tiempo: el trabajo se pulveriza entre reuniones, reportes y trámites; la concentración, que es la materia prima del pensamiento, desaparece y, con ella, se dañan la docencia, la escritura y la reflexión. Segundo, las expectativas: se pide “más” de todo (publicar, adjudicar, innovar, gestionar) sin un soporte proporcional; se instala una épica del heroísmo que termina por ampliar desigualdades, sobre todo en quienes recién comienzan su carrera académica. Tercero, la cultura: pedir ayuda se interpreta como debilidad, los problemas se abordan tarde y el reconocimiento se vuelve estrecho o impredecible.

Si de verdad quiero que esta agenda sea parte de la calidad y no un discurso bienintencionado, tengo que mover pocas palancas, pero decisivas.

1. Devolver tiempo académico: reducir la fricción administrativa, hacer que los sistemas “conversen”, fijar plazos de respuesta y adoptar la regla de “se pide una vez”. Para mí, esta es una de las políticas de salud mental más efectivas porque aborda la causa y no solo el síntoma.

2. Gestionar cargas con criterios comunes: distribución transparente de docencia, investigación y gestión; protección de los tiempos de concentración; y apoyo real en momentos críticos (grandes cursos, jefaturas, primeros años).

3. Profesionalizar el liderazgo y el cuidado temprano: formación para direcciones y jefaturas en la conducción de equipos y la prevención de conflictos; y canales de orientación ágiles, confidenciales y sin estigma.

Yo creo que hablar de la salud mental del profesorado no es un tema blando: es cuidar el núcleo de la calidad universitaria. Podemos tener planes ambiciosos, pero si trabajamos agotados, la excelencia se vuelve un simulacro. Por eso, para mí, la reforma más moderna y humana es pasar de la épica del desgaste al buen trabajo.

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